Compra de Votos y Relaciones Clientelares


La compra-venta de favores, traducidos en votos, no se reduce a un proceso electoral. Cuando un intercambio de recursos, ya sean económicos o políticos, toma lugar entre dos partes, se habla de una relación clientelar. El clientelismo político se basa en ese intercambio, pero en él se enfatizan las características complejas de dicho vínculo, como la asimetría de poder, la coerción y, a la vez, , la solidaridad y el afecto.

En cada proceso, las campañas institucionales de la autoridades electorales se orientan no sólo a incentivar el voto ciudadano, sino a advertir que denuncien cualquier intento de los partidos por coaccionar su derecho a sufragar. Además, organizaciones civiles, artistas y otras expresiones, han llegado a acusar de ignorantes a aquellos electores que sucumben ante la tentación de la dádiva.

Dentro del estudio del concepto de clientelismo, Leandro Rodríguez (Volumen II de 30 Claves Para Entender en Poder), explica que la vertiente que elabora una definición desde la perspectiva antropológica y sociológica pone énfasis en el tipo de relación que emerge entre patrón y cliente. De esta forma, se define como una relación personalizada entre dos partes que comparten mutua confianza, lealtad y reciprocidad cuando recurren al intercambio de bienes y servicios.

Una relación clientelar cara a cara

Los análisis de la reciprocidad exceden la visión simplista de que el clientelismo es solamente un mecanismo electoral para conseguir votos. Dado que se basa en relaciones mantenidas a diario, cara-a-cara, y orientadas a resolver problemas puntuales – en ocasiones de gravedad debido a la situación de vulnerabilidad de amplios sectores de la población – la reciprocidad, para la línea socio-antropológica, es una forma ‘autorregulada de intercambio interpersonal, cuyo mantenimiento depende del retorno que cada actor espera obtener al otorgar bienes y servicios al otro y que termina una vez que la recompensa esperada no se materializa.

Este tipo de relación genera grandes niveles de compromiso y obligación, a pesar de que comúnmente se conforma con base en entendimientos y mecanismos informales de comunicación. Por esto, una dimensión importante del clientelismo es la creación de expectativas y esperanza, lo cual conduce a una fuerte dependencia del cliente hacia el patrón. Scott (1972) contempla una relación clientelar incluso como una amistad instrumental, donde quien tiene un nivel socioeconómico más alto hace uso de su influencia y recursos para otorgar beneficios y/o protección a quien cuenta con un nivel socioeconómico menor.

La esperanza de trabajo nutre el clientelismo.

Por otro lado, existe una vertiente que define el clientelismo como una práctica burocrática que toma lugar dentro de un sistema político, cuyo marco institucional permite este tipo de relación y por ello, los puestos administrativos son designados de manera personalizada por un jefe. En dicho caso la relación clientelar es el pre-requisito para ser designado como parte del gobierno en turno (García, 2005). De modo que el sistema está caracterizado por una tendencia al patrimonialismo y al enriquecimiento personal, donde los líderes ejercen un poder monopólico a favor de sus intereses (y el de los grupos que representa).

Los procedimientos para la rendición de cuentas o para el reemplazo del líder son comúnmente irregulares, así como la toma de decisiones que suele llevarse a cabo en secreto o con escasa participación pública. En estas situaciones la sociedad civil se encuentra fragmentada, ya que únicamente los intereses de quienes dan su apoyo al líder o patrón se toman en cuenta (Brinkerhoff y Goldsmith, 2002). Estas características son las que permite definir al clientelismo como un sistema donde la oferta de empleo público se encuentra limitada a círculos próximos y se otorga a través de una política de concesión, es decir, la oferta está condicionada exclusivamente a la clientela (García, 2005).

Lealtad a cambio de favores.

Cuando un sistema de partidos se organiza de forma clientelar, éstos se adhieren a prácticas que giran alrededor de líderes personalistas. El clientelismo de partidos se genera cuando actores de un partido intercambian recursos públicos a cambio de apoyo dentro y fuera de la misma institución. En estas situaciones los candidatos distribuyen recursos o realizan promesas a aquellos electores que están dispuestos a entregar su apoyo. Usualmente el apoyo toma forma de un voto, el mismo que puede corresponder al pago de favores pasados o a un sentimiento de lealtad (Auyero, 1999), pero es necesario comprender que el clientelismo excede el momento electoral y, por lo tanto, no es una mera estrategia de campaña.

A partir de las distintas perspectivas que definen al clientelismo se lo puede describir como un intercambio de bienes, servicios o promesas entre dos partes con condiciones asimétricas que buscan alcanzar un interés particular, político o económico. Si bien ese intercambio puede basarse en – y reproducir – prácticas autoritarias y hasta ilegales, en muchas ocasiones se involucran sentimientos de afecto desencadenados de la lealtad y el aprecio que surge de la reciprocidad.

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